Bien entrada la segunda mitad del siglo XIX se presentó un año pobre para el campo. Por prolongada sequía los cultivos aparecían agostados y, como la recolección sería insignificante, escaseaba el trabajo agrícola. El hambre se iba adueñando de muchos hogares.
Un jornalero, avecindado en una modesta casa de una de las callejas del barrio de San Juan, llevaba más de tres meses de forzosa quietud. No había trabajo. Sería inútil el cultivar la tierra aquel año, ya que no rendiría, con la miserable cosecha que se avecinaba, ni para pagar a los que la trabajaran.
Y para él el problema era pavoroso: mujer, cinco hijos pequeños y anciano padre esperanzados en su jornal que, a pesar de sus esfuerzos y búsquedas, no encontraba. El pequeño crédito que gozan las personas humildes, hacía más de un mes que se había agotado. La caridad de los hacendados mitigaba en parte este estado paupérrimo.
Pero la necesidad se hacía cada día más apremiante. La miseria imperaba en aquel albergue, y discurriendo soluciones, el jornalero pensó en llevar a su padre al Hospicio; allí tendría asegurado el sustento y él una carga menos a que atender.
Comunicó el propósito al abuelo que, emocionado, prestó su conformidad. Veía la penuria que motivaba la separación; pero también se le presentaba la triste soledad de aquella casa, refugio de la vejez y de la juventud.
Tras de despedirse con ternura de sus queridos nietezuelos, el hijo cargó a su espalda el cuerpo decrépito del viejo, pues sus piernas hacía tiempo que le negaron el movimiento, entumecidas por los dolores.
Aunque no era muy larga la jornada, dada la poca distancia que mediaba desde su morada al establecimiento benéfico, sin embargo, el jornalero marchaba despacio y sudoroso por la carga.
Al llegar al Peñón de Uribe, depositó al anciano en él, mientras que descansaba unos instantes. Entonces el viejo rompió a llorar con amargura. El hijo, conmovido por aquella honda pena, le preguntó la causa, ya que hasta allí se había mostrado tan animoso.
El padre, entre sollozos, le respondió:
- Dios, siempre misericordioso y justo, no consiente que nada quede sin sanción en esta vida. Han pasado más de treinta años, eras entonces muy pequeño, desde que hice con mi padre lo que tú realizas en estos instantes. También el pobre se hallaba baldado y lo llevaba a cuestas y descansé en este Peñón de Uribe, antes de ingresarlo en el hospicio.
Y su voz apagada se deshizo en lágrimas.
Un escalofrío de emoción sintió el obrero, al mismo tiempo que de sus ojos se escapaban gruesas lágrimas y, cargando rápido con el cuerpo del anciano, le dijo con voz entrecortada:
- Volvamos pronto a casa, padre, confiemos en Dios que no nos faltará. No quiero que en los días de mi vejez alguno de mis hijos descanse también en el Peñón de Uribe, cuando me traiga al hospicio.
El abuelo se abrazó con cariño al cuello del hijo, en señal de gratitud por no verse ya abandonado; moriría al lado de los suyos. El jornalero, con la alegría en el corazón y turbia la mirada por el llanto, deshacía con rapidez el camino, para llegar cuanto antes a su casa. Ahora la carga le resultaba ligera.
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