En una noche de las "clásicas" de Jaén, noche de pertinaz lluvia y de furioso viento, un hombre, embozado, paseaba por el antiguo zoco árabe, no lejos de la fuente de la Magdalena.
Aquel embozado era el Rey D. Pedro, que esperaba a Pedro Gil, quien pronto llegó a él para decirle que al amanecer del siguiente día, Jaén levantaría pendones por D. Enrique.
Para ponerse a salvo y no pudiendo escapar a aquella hora, por la inclemencia de la noche, D. Pedro llamó en la primera ventana que halló próxima. La puerta de la casa se abrió y el dueño de ella dio hospedaje a aquellos hidalgos, que ocultaron sus nombres.
Al apuntar el alba del siguiente día, Don Pedro y Pedro Gil se levantaron de sus lechos, dispuestos a salir de la ciudad, mas al avanzar Pedro Gil hacia la habitación inmediata, vio en un rincón de ella a un hombre armado. El Conde de las Almenas describe, así, aquel momento:
"-¡Señor, señor! Nos vendieron-
la mano en su daga puesta
exclama el noble hijodalgo...
-¡Villanos! Nunca tal mengua
en los que su hogar me dieron,
a suponer me atreviera.
-No son traidores, Señor,
los que con leal reserva
a su Rey le dieron guarda
pasando la noche en vela
-exclama el buen Salazar,
y con la rodilla en tierra,
al Rey presenta sus armas;...
sólo una tizona vieja..."
El Rey, premiando aquel acto de lealtad, dijo al fiel velador de su sueño: "¡Sal del rincón!" Y le otorgó nobleza para él y sus descendientes. Y como Salazar le pidiera "agua y almenas" para su casa, agua y almenas le fueron concedidas, y el apellido "Rincón", como recuerdo del lugar en que el Rey y Pedro Gil le sorprendieron. El vulgo agrega que le fue concedido también el derecho a los "despojos del matadero" , que por entonces estaba más arriba de la plaza de la Magdalena, en el espacio que hay entre ella y el carril de las faldas del Castillo.
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