La ciudad de Jaén tenía, como arbitrio a favor de su Concejo, la renta de la Tafurería o casa pública de juego. Sin documento que lo pruebe, hasta ahora conocido, el vulgo coloca la Tafurería en el edificio del Pósito, y relacionando esto, con la cruz que frente al edificio se alza, forja una leyenda, que en verso, en prosa, y en versión popular relatada por las gentes, tiene pocas variantes, llegando como la que D. Antonio Guijosa publicó en el Romancero de Jaén (1862) a poner en lugar de la Tafurería, una casa de juego en un humilde edificio de la plaza.
|
|
|
El esqueleto tradicional es este: un caballero que vino de las españolas conquistas en tierra extraña, casó con una dama de Jaén que para otro galán tenía su corazón. Vicioso y calavera el caballero, jugó una noche cuanto tenía, é hipotecó en el juego las joyas de su mujer. Se negó ésta a entregárselas y entonces le dio muerte. Volvió con las joyas a la Tafurería y sabedor del hecho el otro caballero, que de la dama estaba enamorado, lo retó y lo mató en desafío en el centro de aquella plaza.
Cada autor cambia a su placer los episodios accesorios y los nombres de los personajes. Algunos llegan a colocar las campañas de Flandes en el siglo XV... Anacronismos y fantasías, que después de todo ofrecen líneas muy curiosas para un esquema de esta tradición, a la cual pone el vulgo, como epílogo, la misteriosa presencia, en aquellas oscuras noches del viejo Jaén, de un negro fantasma que vagaba por la plaza. Era la persona del matador en desafío, que salía del convento de San Francisco, donde ingresó como fraile, para rezar al pie de la cruz que le recordaba su sangrienta hazaña.
No se necesita gran esfuerzo, (examinando la cruz) para comprender que la leyenda o tradición pudo ser forjada por la fantasía o aplicada erróneamente a un monumento levantado por causas distintas. O tal vez un monumento en que se unieron restos de una causa anterior y el recuerdo piadoso de la muerte de un hombre.
Tiene la Cruz del Pósito todo el aspecto de un rollo o picota de los que tanto abundan en España, a la entrada de los pueblos; rollos o picotas donde se unieron dos conceptos distintos, el de su objeto y el de su significación, porque ellos servían para colgar y exponer como ejemplo los restos de los condenados a muerte y ellos eran, también, signo de jurisdicción de la villa o pueblo a cuya entrada eran colocados. Recuérdese que en estos rollos pusiéronse cruces cuando fue abolida la brutal exposición de los restos humanos y que muchos se hicieron, después de esa abolición, con figura de picota y remate de cruz, en prueba de aquella autoridad jurisdicional. La Cruz del Pósito, tiene en su parte inferior un rollo de piedra y sobre él una pequeña basa, ambas toscas y muy antiguas, y sobre ellas se levanta el fuste, mejor labrado, de una columna, relativamente moderna, que remata un sencillo capitel y sobre el capitel una bola de la que nace la cruz de hierro. Puede objetarse que más allá del recinto segundo de Jaén, más allá de la muralla que defendía los arrabales, más allá de la puerta de Barreras, había restos de un rollo o picota, pero téngase en cuenta que antes del avance de la ciudad hacia ese sitio, y cuando la línea de murallas terminaba en la Puerta de Santa María, la hoy plaza del Pósito era el camino que salía de Jaén para ir, entre huertas, bosques y entre prados, a Baeza, Andújar y a todos los lugares que se asentaban en la extensión Norte y Este que Jaén domina, y era lógico que estuviese la picota o rollo, más antigua, donde empezaba la ciudad.
|