Don Waldo Mero, hombre cabal de firmes creencias agnósticas, se pidió un día de permiso en los grandes almacenes en los que trabajaba como director gerente para pedir en la calle. Lo hacía por sus dos hijos, Waldito y Jeniferita, gemelos de nacimiento. Se había propuesto reunir el dinero suficiente para poder realizar los sueños de cualquier chiquillo en edad de no darle valor a nada de lo que hacen sus padres por él, y sus hijos tenían menos de 35 años.
Apostado delante de una sucursal de esa Caja de Ahorros tan íntimamente ligada a los intereses de la Iglesia, desplegó su pancarta en la que solicitaba una ayuda para la comunión de sus gemelos, algo que enseguida fue entendido por el vigilante, que le impartió un par de hostias. Lo intentó de nuevo delante del Obispado, la Catedral, una casa-cuartel del Opus y finalmente, viendo que no le hacía caso ni Dios, decidió colocarse junto a la sede de Izquierda Unida, donde durante horas disfrutó de los placeres de la soledad.
Resignado a que sus gemelos recibieran el sacramento sin más lujos que unos trajes de 400 euros cada uno, un par de Play Station como regalos, un reportaje de video realizado por un ex de Almodóvar, un banquete para sólo 300 invitados y tres días en Eurodisney con sus padres, abuelos y cinco primos hermanos, desistió y volvió a su casa desconsolado porque no existieran las comuniones por lo civil.
Pero como la condición humana puede aparecer a la vuelta de la esquina, apenas había doblado la calle encontró a un pobre al pie de una farola que le hizo ver la luz. Sin pensárselo dos veces se colocó junto al pedigüeño, que muy cristianamente blasfemó contra lo más sagrado, pero tras percatarse de la desgracia de Don Waldo, se apiadó de él y le hizo la primera aportación económica. La gente que contempló tan bella estampa imitó el gesto y finalmente reunió el dinero suficiente para la primera Comunión de sus hijos, a la que no fue invitado el indigente porque no tenía para hacer un regalo.
Juancarlos
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